• Santiago Chamorro Mucciolo

Capítulo 2: Enllavada

Las edades de mis tres hermanos y yo siguen un patrón: yo soy dos años mayor que mi hermana (Emilia, la de en medio), y ella es dos años mayor que mi hermano (Antonio, el menor). Esto me hace mayor que Emilia por dos años, y que Antonio por cuatro años. En resumen: no estamos demasiado aparte con nuestras edades.


Ahora déjenme contarles un secreto. Los hermanos que no están muy separados por edad son los que se pelean más. Pueden creerme, tengo experiencia. Esto es por que cuando los hermanos tienen edades parecidas, tienen casi la misma inteligencia, y se pueden meter en pleitos mucho más fácilmente. Por otro lado, si yo fuera 10 años mayor que Antonio, casi que nunca tendríamos peleas. La diferencia entre nosotros sería muy grande. Yo lo vería como un bebé que debería cuidar, y él me vería como un gigante al que nunca le podría hacer daño. Por supuesto, esto no significa que odio a mis hermanos o algo así. Yo los amo- son las personas que mejor conozco, después de todo. Meterse en pleitos es completamente normal entre hermanos, y la habilidad de perdonarse y entender nuestras diferencias es lo más importante de estas peleas.


Debo admitir, que con la que más he tenido desacuerdos es con Emilia. Ella es la única niña entre dos varones, y la más cercana a mi edad- por eso la veía con muchos celos y enojos cuando era pequeño. Usualmente era un niño bastante bien portado, pero cuando se trataba de la Emilia hacía cosas que me sorprenden hasta este día. Ahora les contaré una de las groserías que mejor recuerdo haberle hecho a Emilia.

Esto sucedió cuando yo tenía cuatro años, Emilia dos, y Antonio estaba recién nacido. Éramos unos gorditos los tres. Emilia apenas había aprendido a hablar, y Antonio no paraba de tomar leche. Yo ya era lo suficientemente inteligente para

enllavar y desenllavar las puertas de mi casa- le daba vuelta a una rueda en la cerradura, y la puerta ya no se podía abrir.


Era un domingo por la tarde, y mi familia acababa de regresar de una visita a la iglesia. En el regreso a casa, mi mamá le compró un espejito de princesas a la Emilia. Era una cosita pequeña; dudo podría reflejar la cara completa de un adulto. Mi casa estaba dividida en dos partes: una mitad era la cocina, el comedor, la sala y la terraza; y la otra mitad era los cuartos, la sala de la tele y los baños. Había una puerta que dividía ambas partes. Estaba en la sala, cuando recuerdo pedirle a mi hermana el espejito. Me parecía curioso, y quería intentar apuntarlo a otro espejo para crear reflexiones infinitas entre ambos. Pero Emilia, siendo egoísta como muchos niños a su edad son, me miró con sus pequeños ojos, y exclamó un alto y simple “¡No!”


No me gusta admitirlo, pero desde temprana edad soy conocido por enojarme fácilmente. En este caso, como era mi hermana menor me puse furioso, y empecé a hacer cosas sin pensar. Fui a la puerta que dividía ambas partes de mi casa, enllavé la cerradura, y salí al otro al lado de la casa en donde se encontraba el resto de mi familia. En mi mente creía que había encerrado a mi hermana, pero pronto me di cuenta que ahora mi familia no podía entrar al resto de la casa, ya que la puerta solo se enllevaba por un lado.


Mis papas no se dieron cuenta de lo que había hecho hasta que Antonio empezó a llorar. Obviamente quería leche. Desafortunadamente, las pachas que necesitaban estaban en lado de la casa al que no se podía entrar. Mi papá intentó abrir la puerta, y entró en pánico al darse cuenta que no se podía abrir. Entraron en incluso más pánico al escuchar los pobres gemidos de la Emilia, que estaba encerrada y no tenía idea cómo salir. Mis padres le dijeron que desenllavara la puerta, pero los dedos de la Emilia, a su edad, eran demasiado gorditos, y no podían darle vuelta a la ruedita de la cerradura. ¿Tendrían que llamar a alguien para abrir la puerta? Les duró un rato darse cuenta que yo era culpable de lo que había pasado. Por supuesto, estaban furiosos, Antonio y Emilia lloraban, estaban encerrados, y era mi culpa.


“Cuando saquemos a tu hermana te vamos a dar un fajazo,” me decía mi mamá.

Parecía que tendrían que llamar al cerrajero hasta que a mi papá se le ocurrió una idea. Podían meterse por una de las ventanas de la casa para entrar al otro lado. La única que se podía ocupar era la que estaba en la ducha de mis padres, pero era muy pequeña para que un adulto se metiera. Entonces el trabajo de sacar a la Emilia fue puesto en mis manos, ya que era el único lo suficientemente pequeño para entrar en la ventana.


Salimos a la parte de atrás de la casa, y mi papá me sostuvo en sus brazos y me empezó a meter por la ventana. Yo tenía cuatro años, y era muy bajito, entonces la caída de la ventana al suelo en el otro lado me parecía letal.


“¡Estas loco! ¡Vos estás loco!” le gritaba a mi papá justo antes que me botara por la ventana.


La caída no estuvo tan mala; dudo que me dolió. Ya que lo pienso, los niños pequeños se caen bastante pero nunca les pasa nada. Debe ser porque tienen bracitos y piernitas tan gorditas. En fin, caí en la ducha al otro lado de la casa, y me dirigí a la sala. Ahí se encontraba la Emilia, llorando frente a la puerta. En el otro lado nos esperaban mis padres. Se escuchó un clic metálico y la puerta se abrió, nos vieron a mi hermana y a mí, con mis pantalones abajo y mis pompis peladas, listo para la fajeada que me iban a dar. Afortunadamente, decidieron no fajearme al final.


Desde ese día he actuado con más cariño con mi hermana, ya que no quiero volver a poner a mi familia ni a mis pompis en tanto peligro de nuevo.


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